Ramadan, desde allá.

agosto 28, 2009 § 2 comentarios

Verónica es mi amiga que vive en Palestina, a quien ya he posteado en este blog.

Siento que cuando me escribe me regala experiencias que están muy distantes de mi día a día, y creo que dan luz sobre como viven en otras partes del mundo. Aparte me gustó el contraste entre religiones que plantea, que puede hacernos pensar un poco.

“Es el tercer día del segundo Ramadán que vivo en una sociedad musulmana. Como en el primero, siento una profunda admiración por la fe, abnegación y la capacidad de sacrificio que tienen los creyentes y practicantes del Islam. Desde que el sol se asoma hasta que se esconde, los musulmanes renuncian a todos los placeres mundanos. Esto incluye comer, beber – incluso agua -, fumar y tener relaciones.

Los meses en el calendario islámico dependen de las fases de la luna. Por tanto, no tienen fechas fijas, sino que varían de año en año. Durante los últimos años, el Ramadán ha caído en verano, lo que significa que los días son más largos. Amanece a las 4:30 am y atardece a las 7:30 pm. Son quince horas de ayuno en las que se ve a la gente en la calle sonriente y feliz. Los restaurantes permanecen abiertos preparando el “iftar” o “des-ayuno”, y hay colas interminables en las panaderías donde venden el “Kataief”  – dulce tradicional de Ramadán que tiene forma de empanada, y que se rellena con nueces, pistacho y almendras, o con queso, y se baña con almíbar -.

Desde las dos o tres de la tarde, empieza la preparación del iftar. Tradicionalmente, Ramadán es un mes de invitaciones de familiares y amigos a compartir el rompimiento del ayuno. Al sonar la oración del atardecer (Magreb), que es la penúltima del día, se hace una pequeña oración y se comen unos dos o tres dátiles con yogurt (buttermilk) porque son fuente natural de energía. Después se toma un poco de sopa de verduras, a lo que sigue un plato de “Fatoush” (ensalada árabe con crutones). Luego viene el plato fuerte, que varía de un día a otro. De postre, el famoso kataief.

El mundo islámico, al menos en esta parte del mundo, se ha contagiado de la tradición occidental de las luces para conmemorar las fiestas. Los almacenes y los sitios principales de la ciudad se visten de luces de colores y en muchas de las casas se ilumina la luna creciente con la estrella, símbolo del Islam. El ambiente se siente similar al de Navidad, guardadas las diferencias.

En mi caso personal, Ramadán es un mes alegre y difícil a la vez. No soy musulmana, pero mi familia política y casi todos los que me rodean lo son. Me siento inclinada a ayunar con ellos por solidaridad, y como un ejercicio espiritual personal, pero soy incapaz del nivel de sacrificio de los musulmanes. Eso me confronta conmigo misma, y con la dolorosa realidad de la mediocridad de los cristianos.

La sociedad musulmana, con todos sus defectos y fallas, es una sociedad donde la conciencia de Dios es absoluta. Se refleja en la conducta de la gente, así como en la percepción de la vida (muy particular en el caso palestino) y el uso del lenguaje. Esta realidad puede ser inconsecuente para un no-creyente. En mi caso, sin embargo, es una evidencia permanente de lo que significa creer en Dios, obedecer sus preceptos, y del impacto que esto tiene en la vida diaria (con mayor razón aún cuando la vida es tan difícil y dolorosa). Es también una constatación del conformismo y apatía de “mi mundo”, el occidental,  en cuanto a Dios, la religión y la vida trascendente.

Vivo en Palestina, la que ya se llamaba Palestina en tiempos del imperio romano (y que por azares de la historia está desapareciendo gracias a los pasos forzados del nuevo estado de Israel). Recorro los mismos caminos que recorrieron Jesús y los profetas. Voy con frecuencia a Jericó, al desierto donde Jesús  ayunó por cuarenta días y cuarenta noches, y vivo rodeada de una mayoría musulmana que sigue mejor su ejemplo que tantos de los que nos decimos cristianos, sea de la dominación que sea.  En Tierra Santa, no aprendo de los cristianos (que son muchos). Aprendo de los musulmanes. Eso me da tristeza y alegría a la vez por poder vivir esta experiencia.

Eso sí, cualquier sentimiento de nostalgia desaparece cuando llego a la mesa servida después del atardecer, y ahogo todas mis penas en la comida suculenta que no me he ganado con el mismo sacrificio musulmán, pero que disfruto más que cualquiera!”

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