Confieso que Ernest Hemingway me atraía de antemano, con su barba y su ron, y que compré este libro en Barcelona, con ganas de leerlo rápido, pero por cosas de los viajes y los tiempos, entro en una espera hasta hace algunas semanas.
Definitivamente es un clásico, de esos que antes de empezar leerlo uno sabe que le va a gustar, o al menos va a disfrutarlo, aunque sea de a partes. Un amigo dice que cuando uno no sabe que leer, o que libro regalar: apelar a los clásicos no falla.
Volviendo al libro: me gustó, ni mucho ni poco: me gusto. Y lo recomiendo. Es lento, o mental, o denso, o un poco de todo eso. Cuatro días transcurren en más de 400 páginas (al menos en la edición que leí), pero lo hacen de una manera dulce, amable, simpática y sencilla, es un libro humilde, sin demasiadas pretensiones.
Transcurre en la guerra civil española. El ámbito es una zona montañosa, donde la guerrilla, el amor, el odio, las aventuras, las tácticas y estrategias de combate, las miserias humanas, los extranjeros, la política, los republicanos, los anarquistas, los fascistas y el poder se entremezclan y conviven y se integran. No es una novela histórica, porque no se mete demasiado con la historia pura, sino con lo que le pasa a los protagonistas, en ese momento de la historia.
Transcribo una parte que me impactó mucho: “Mi padre era el alcalde del pueblo, un hombre honrado. Mi madre era una mujer honrada y una buena católica y la mataron con mi padre por las ideas políticas de mi padre, que era republicano. Vi cómo los mataban a los dos. Mi padre dijo: “¡Viva la República!” cuando le fusilaron, de pie, contra las tapias del matadero de nuestro pueblo. Mi madre estaba de pie, contra la misma tapia, dijo: “¡Viva mi marido, el alcalde de este pueblo!”… porque mi madre no era republicana.”



